Por qué leer a Manuel Puig-1

Por qué leer a Manuel Puig

(Si no lo estamos leyendo ya)

Por Pablo Pesado

Hay que partir de la idea de que las cosas, a veces, salen bien. No siempre, claro. Pero de vez en cuando uno tiene que aplaudir porque no tiene muchas más posibilidades.

 

Eso es Manuel Puig: un hombre al que aplaudir, sin duda, porque sus posibilidades eran pocas e hizo mucho con ellas. Si el escritor adquiere sus armas leyendo la tradición, entonces Manuel Puig no es un escritor. Él creció encerrado en un cine de barrio, quiso ser director y supo que no era el adecuado, quiso ser guionista hasta que supo que no era el adecuado y, entonces, decidió ser otra cosa. Manuel Puig no es un escritor, claro: es, ante todo, un hombre al que aplaudir.

 

Digo esto porque todo parece indicar que se lo está aplaudiendo poco, lo cual no sería preocupante si no fuese porque el único motivo posible es que se lo está leyendo poco. Pero él es quien ha escrito los mejores diálogos que se hayan escrito nunca en español (y resistiría cualquier comparación con Hemingway) y el olvido o el lugar secundario serían opciones francamente tristes. Es lógico, por tanto, que haya algo de panegírico en este texto.

 

Por otro lado, ¿quién ha olvidado a Puig? ¿Quién es el sujeto de ese olvido? La literatura argentina lo recuerda: me consta que, al menos, César Aira, Ricardo Piglia y Alan Pauls han reivindicado su obra. No tengo conocimiento de si sucede lo mismo en la academia, si suscita tesis doctorales, cursos universitarios, reconocimientos en Norteamérica. Quizá tampoco sea demasiado importante y, desde luego, indicativo de casi nada. El problema es que donde no se lo está leyendo es en las casas, antes de dormir, en el tren (que es la lectura que su obra parece demandar). Somos nosotros los que nos hemos olvidado. Por ello, mejor subsanar ese error desde el principio:

Ahora cortá, otra vez con la mano izquierda, en tres, que son el pasado, el presente y el futuro, y ahora damos vuelta las barajas y nos quedó… El Rey de Copas, patas para arriba, mirá cómo tiene la corona metida hasta los ojos para que no se le caiga, y la capa de terciopelo le pesa pero lo abriga –un hombre morocho ya medio viejo, que no te quiere, te está haciendo mal, lo que vós más querés en la vida, que si no me equivoco es… los billetes, eso es lo que él no te va a dar-, y al lado nos quedó patas arriba la Sota de Espadas, mirala cómo tiene la mano suelta, te va a dar algo, pero cuidado porque está patas arriba, envuelta con ese trapo bordado de oro, es un trapo colorado, pero fijate: a las mangas se les ve el forro violeta para un velorio ¿y el pelo? –ni rubia ni morocha ni pelirroja ¿vos conocés alguna pelada? (Puig, 1980: 91)

Cuando, en ese mismo libro, se permite citar en el epígrafe a Alfredo Le Pera (el letrista de los tangos de Gardel), en lugar de a Eliot, a Hobbes o a Céline –por poner casos reales de la literatura argentina–, está gastándonos una broma particularmente buena porque parece no ser consciente de ella en absoluto. Mario Vargas Llosa se rio en algún momento de Manuel Puig y comparó su obra con la de Corín Tellado. «Ese argentino que escribe como Corín Tellado», dicen que dijo. Ahora que, por desgracia, nos sobran tantas razones para tomarnos un poco a broma a Vargas Llosa, sabemos que el chiste siempre fue por otro lado.

 

El interés de Puig no es, como se dice a menudo, poner en primer plano las relaciones entre literatura y cine, sino la capacidad de sinceridad que consigue sacar de esa puesta en paralelo. Puig toma del cine clásico todo aquello que en literatura sería indecible porque condenaría a la censura y la vergüenza y lo ofrece al lector como si desconociese por completo lo cursi, lo kitsch, lo folletinesco. Esa inocencia desarma y solo es posible leerlo con el desapego con que una familia hubiese podido ver en 1938 La fiera de mi niña (Bringing Up Baby, Howard Hawks, 1938). Dicho de otro modo, Puig es clásico, pero al serlo en el sentido que le da a esa palabra un medio artístico distinto al suyo se convierte, además, en una curiosa excepción.

 

Por eso –al menos desde mi punto de vista– no se presta demasiado bien a las comparaciones tradicionales entre lenguajes fílmico y literario, porque toma del primero todo aquello que, a menudo, preferimos apartar con la mirada. No es cine de evasión, diría Puig, es el cine como evasión. Puig no tiene estilo. Su voz, cuando se muestra, es la de cualquiera. El narrador no es importante porque el autor tampoco lo es. Por un respeto extraño a los seres que ha creado, prefiere evadirse. No como se evade una cámara, él nunca participó de la fantasía del objetivismo y no es Robbe-Grillet. Sus diálogos no son la transcripción de una conversación real, sino que tienen la capacidad de hacer invisible toda la convencionalidad que los arma aun estando vigente.

Por qué leer a Manuel Puig

Bringing Up Baby, Howard Hawks, 1938

Como decía al principio, es extremadamente raro que su apuesta acabase saliendo bien. Él no frecuentó los círculos literarios, no publicó en revistas, no asistió a conferencias. No se hizo un lugar, como se suele decir. Era un hombre al que simplemente le gustaba ver películas y, ya que parecía imposible vivir una, decidió escribirla. Sus novelas enteramente dialogadas, como Maldición eterna a quien lea estas páginas o El beso de la mujer araña no son frutos de la experimentación formal, sino la consecuencia natural de querer a unos personajes y no buscar más que poder escuchar lo que tienen que decir. Ese no me parece un deseo menor.

 

Pero lo cierto, por ser completamente sinceros, es que él no es exactamente un escritor de género. Manuel Puig es alta literatura, pero lo es siguiendo la lógica de la excepción. Por eso su pertenencia a un canon lo cuestiona inmediatamente. Con una voz, eso sí, tan callada que es difícil escucharla atentamente. Por eso, probablemente, se lo esté leyendo poco. ¿Fue tal vez este silencio una estrategia? ¿Responde el crisol de moldes que despliega en Boquitas pintadas (la carta, el álbum familiar, el diario, el parte de la policía) a la misma tendencia que, por ejemplo, Yo el Supremo, y entonces Manuel Puig es, de hecho, un escritor de la tradición? Es probable que la respuesta no sea unívoca y que dependa en última instancia más de una cuestión moral que de una cuestión literaria: cómo debe ser leído.

 

Cuando uno coge una edición de bolsillo de cualquiera de sus obras parece tener entre sus manos un best-seller o una novela rosa. Esto, sobra decirlo, es un lujo. La invitación a la falta de seriedad, a la lectura por placer, a la ausencia de una incómoda faja de papel que abrace al libro (recordándonos que su autor es un Premio Nobel o un Príncipe de Asturias). No solo hay que leer a Manuel Puig: hay que leerlo de segunda mano –el menos cuidado que uno pueda encontrar– y agarrarlo con vergüenza, con la vergüenza orgullosa de quien lee un folletín en el metro (aunque no sea exactamente eso). Leerlo en una edición con introducción crítica sería matarlo de éxito. Hay que ir al cine con él a ver una manoseada película sacada de un libro manoseado de Nicholas Sparks. Tiene que doler un poco en el orgullo.

 

Hace no mucho, en una conversación casual con alguien que aún era casi un desconocido para mí, descubrí con cierta sorpresa que el autor de La traición de Rita Hayworth era una referencia compartida por ambos. Con cierta sorpresa y también con cierta alegría. Esa emoción básica no habría sido posible si la conversación tratase de Julien Gracq o Foster Wallace, y por eso mismo puede servir de indicador de la vitalidad de un autor, de su apertura al aprovechamiento, al robo, a la apropiación como influencia. La ausencia de lectura, la muerte del texto, es una oportunidad para la vuelta a la vida.

 

Hay que partir de la idea de que las cosas, a veces, salen bien. No siempre, claro. Dado que –contra todo pronóstico– en este caso así ha acabado siendo, sería una pena olvidarlo y con ello olvidarnos de uno de los autores más originales de la segunda mitad del siglo XX. Si al final es posible restablecer esa memoria, entonces habrá que aplaudir de nuevo.

— ¿No tenés radio?

— Sí, pero son más de las cinco.

— No, que son las cinco menos diez.

— Entonces la podemos escuchar, si querés.

[…]

El capitán herido, ya faltan cuatro días para terminar, y para el mes que viene anuncian La promesa olvidada. ¿Querés que te la cuente desde que empezó?

— Sí, pero después no te olvides de contarme de la Raba. ¿Cómo anda?

— Lo más bien. Bueno, te cuento cómo es el principio porque si no ya van a ser las cinco y no vas a entender nada, y después seguro que la vas a seguir escuchando.

(Puig, 1980: 200)

BIBILIOGRAFÍA:

 

PUIG, Manuel (1980). Boquitas pintadas. Barcelona. Seix Barral.