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Las mil y una noches, Miguel Gomes, 2015

Las mil y una noches

Miguel Gomes, 2015

Por Sergi Álvarez Riosalido

Probablemente, esta sea una de las pocas películas cuya review merezca empezar haciendo alusión a una de las citas recurrentes (y casi convertida en lugar común) de Walter Benjamin. Cuando este afirma que «el arte de narrar está acabado» Miguel Gomes se levanta bruscamente y deja al hombrecillo solo hablando de sus cosas y no es que Benjamin no tenga razón, simplemente que la película (repartida en tres volúmenes) vendría a ser la excepción que transgrede la regla.

 

Las mil y una noches de Gomes no se trata de una adaptación. Para nada. De ninguna clase. Y Gomes ya esfuerza en que quede claro. Se trata de coger la misma estructura de la obra, en la que Scheherazade, para posponer su muerte, emplea su talento para contar historias, trágicas, cómicas, parodias, leyendas. Aquí se trata de que se salve el director y que sobreviva a su propósito de mezclar relatos fantásticos con lo que vivió Portugal entre 2013 y 2014, durante una época económica y socialmente alarmante.

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Gomes quiere hablar de la crisis en Portugal. En un astillero despiden 600 trabajadores. Pero, ¿cómo tratar esa realidad, cómo hacer justicia a esos hechos sin alejarse demasiado de ellos? Al final, Gomes acaba partiendo de relatos que han surgido en esa época, generados precisamente por la crisis y a veces de una forma totalmente absurda (esta imagen: un gallo defendiéndose ante un juez relatando la venganza de una niña pirómana despechada), como muchos de los hechos que uno se encuentra en las noticias a diario. Pero este tono cómico y en ocasiones frívolo sería inaceptable si no se llevara a cabo (como se lleva en los tres volúmenes) una crítica despiadada a lo que ha que ha hecho que se llegara a esa situación. Y al fin y al cabo, hasta la historia más hilarante tiene un algo melancólico que no se puede ocultar.

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El propósito de Gomes se concreta, por tanto, en representar la crisis sin renunciar en absoluto a la imaginación, a lo absurdo, precisamente porque para Gomes lo imaginario es tan real como lo real mismo. Lo que las personas temen, desean, en estos relatos fantásticos, son tan reales como lo que les afectaría en su día a día. Estos elementos extraordinarios –característicos, según Benjamin de la narración–, estos sueños, las tierras exóticas, son una forma de satisfacer deseos: «ese liberador encantamiento de que el cuento dispone no sólo pone en juego de forma mítica a la naturaleza, sino que alude a su complicidad con el ser humano liberado».