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La La Land, Damien Chazelle, 2016

La La Land

Damien Chazelle, 2016

Por Pau Lluís Gumiel

La La Land sólo necesita cinco minutos para decirnos de donde viene y a donde va. En primer lugar un falso cartel de CinemaScope nos promete la grandeza y candidez de aquellos musicales clásicos tales como Bailando Bajo la Lluvia o Un Americano en París, segundo, su primera escena, de corte musical, es un resumen de aquello que nos va a dar en gran parte de sus dos horas de metraje: un musical espectáculo, un musical enérgico y extremadamente visual, un musical de los que hace mucho ya no se hacían.

 

La La Land sabe a lo que juega. Ryan Gosling no es Gene Kelly, y Emma Stone no es Debbie Reynolds. 2016 no es 1951. El espectador contemporáneo busca la inmediatez, la fanfarria audiovisual. Y La La Land ha venido a conquistar(nos).

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De los diversos aspectos destacables del film, hay uno que me llamó especialmente la atención. Este es un musical que vive en gran medida de la imagen. Mientras que ejemplos recientes del género han apostado por la épica o las interpretaciones de sus protagonistas, La La Land opta por ofrecer fuegos artificiales visuales. Siguiendo la estela del maravilloso Jacques Demy, Damien Chazelle opta por una realización plagada de planos secuencia en Steady Cam, larguísimas tomas con una compleja realización y una saturación de colores que no puede si no recordarnos a aquellas inolvidables señoritas de Rochefort, con sus vestidos pastel. Múltiples reminiscencias a lo clásico, incluso hay una secuencia que recuerda una barbaridad a  aquella mítica escena de la piscina de Soy Cuba del soviético Kalatózov, en modo siglo XXI.

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En el plano musical la palabra que viene a la mente tras verla es energía. Uno sale de la sala revitalizado, con ganas de cantar y bailar, una sensación que posiblemente experimentaron en su momento aquellos espectadores que pudieron vivir en sus carnes los estrenos de los musicales clásicos de los 50, antes de que la posmodernidad arrollara con lo naif de la propuesta musical de aquel cine.

 

Y digo naif como algo positivo, y es algo muy presente en La La Land, siendo esta muy sencilla en términos de guion y personajes, un acierto, ya que es entretenimiento puro y duro, entendido como lo que necesitaba el género a día de hoy. Este es un viaje desde hoy al ayer, un viaje de dos horas que culmina con un epílogo que consigue arrancar al espectador a bailar discretamente en su butaca, a emocionarse con las historias de sus protagonistas, en definitiva, a vivir el séptimo arte.