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Colossal, Nacho Vigalondo, 2016

Colossal (Nacho Vigalondo, 2016)

Especial Festival de San Sebastián 2016

Por Daniel Valdivia

Pocos autores nacionales pueden presumir de atesorar un sobresaliente conocimiento de la cultura popular y de su lenguaje visual como Nacho Vigalondo. En sus films anteriores (tanto cortometrajes como largometrajes) ha desarrollado un discurso estrechamente ligado al fuera de campo. El uso de este recurso, llevado a la máxima expresión en Extraterrestre (2011), ha derivado en una reflexión sobre la mirada a través de las pantallas y las representaciones lejanas. A Vigalondo le interesa tanto el imaginario popular como las razones que llevan a una sociedad a adquirir ese imaginario. La respuesta está en las pantallas, es decir, en la representación.

 

La película que aquí nos ocupa, Colossal, es un film a medias entre dos géneros cinematográficos muy alejados. Por un lado, el Kaiju, que para nuevos en la materia viene a ser una película de monstruos gigantes que arrasan ciudades, como Godzilla. Y por otro lado, una comedia romántica. La película prescinde de centrar la acción en la ciudad que el monstruo destruye (Seúl), para dejar al monstruo en fuera de campo virtual. Colossal tiene lugar en un pequeño pueblo de Vancouver. Gloria (Anne Hathaway) es una mujer muy perdida en la vida con tendencia al alcoholismo que decide volver a vivir al pueblo tras sendos fracasos profesionales y emocionales. En el pueblo donde creció, descubre que existe una relación muy cercana entre ella y el monstruo aparecido en Seúl, a la vez que se reencuentra con un amigo que lleva enamorado de ella desde la infancia. A raíz de esta premisa,  Vigalondo reflexiona sobre la representación visual y mediática del monstruo. Colossal nos habla del desplazamiento de la culpa que las imágenes causan en los espectadores. Una culpa que no teme repercusiones si las víctimas están lejos, ironizando de manera muy acertada sobre por qué nos vemos más afectados emocionalmente con, por ejemplo, los atentados de París y menos con, por poner otro ejemplo, el terremoto de Haití. El consumo masivo de imágenes (ahora amplificado por la multipantalla) ha conseguido que la aparición de un monstruo en el otro extremo del mundo para nosotros sea únicamente espectáculo y no emoción o empatía.

 

A Nacho Vigalondo también le gusta juguetear con las bases del género romántico. En rueda de prensa ha confesado que por un lado las comedias románticas le encantan pero que por otro las odia. Ha recordado que prácticamente todas las comedias románticas que a todos nos vienen a la cabeza (de nuevo aquí el imaginario popular) son apología del acoso. Es por ello que la película contiene también un discurso ya tratado antes en la filmografía del director como es la masculinidad tóxica. Hasta ahora siempre lo había enfocado desde un punto de vista masculino, en Extraterrestre son dos hombres los que acosan al personaje de Michel Jenner mientras una invasión alienígena tiene lugar en fuera de campo; y en Open Windows (2014) el acosador es a su vez un voyeur gracias a la multipantalla e internet. Del lenguaje visual de los films de Vigalondo podemos extraer una comprensión de la masculinidad como un proceso de posesión y dominación femenina. Ahora, Colossal incide más y mejor trasladando el punto de vista del film a la protagonista femenina. Y lo hace con un giro narrativo totalmente rompedor con el género y la premisa de la comedia romántica, haciendo del personaje de Anne Hathaway un símbolo del empoderamiento femenino y de la liberación de la dominación masculina.