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Berberian Sound Studio, Peter Strickland, 2012

Asincronía sonora

Bandas sonoras rebeldes

Por Pau Lluís

Sin duda, cuando como espectadores pensamos en una banda sonora, lo hacemos entendiéndola como un acompañamiento para la imagen, una ayuda sonora para acentuar los hechos en forma de imagen que pasan ante nuestros ojos. De hecho, el origen del término banda sonora o soundtrack (en el idioma de Shakespeare) proviene de la posición física del elemento que dota de sonido al rollo fílmico, situándose en los laterales, a ambos lados de la imagen, siendo un complemento no sólo en su proyección, sino también en su “estado físico”, en su forma como objeto.

 

Esta función de acompañamiento, incluso de comparsa, ha sido algo que se ha desafiado a lo largo de los años, de distintas formas. El fenómeno que describe esta rotura de la coordinación entre imagen y sonido recibe el nombre de asincronía sonora o de la banda sonora asíncrona (aunque existen variaciones en el término), y comprende principalmente dos tipos:

 

1. Aquella que proviene de una asincronía temporal en lo que respecta a la publicación de ambas obras, como por ejemplo la que ocurriría si en un film inspirado en los años 70, se optara por usar en la banda sonora una pieza musical publicada en 1983.

 

2. La generada por una asincronía temática, cuando el tipo de música elegido para acompañar a la imagen “no corresponde” con los preceptos clásicos o canónicos.

 

En este artículo se pretende debatir sobre este segundo punto, aquel que dota de cierta enjundia a los ejemplos aquí mostrados, sumando un punto de interés a todos aquellos filmes que optan por introducir en el elemento sonoro un punto de discordancia respecto a lo establecido. Cabe advertir al lector que este artículo no deja de ser una apreciación y un acercamiento personal al tema, alentando a posibles lectores interesados en ello a generar un debate alrededor.

 

Antes de entrar en materia en lo que a ejemplos más detallados se refiere, conviene decir que los ejemplos de “asincronía temática” (término que utilizaré a partir de ahora para definir el tema central del artículo) son relativamente frecuentes, aunque muchas veces nos pasan desapercibidos.

 

Estas asincronías se pueden encontrar en una multiplicidad de ejemplos, pasando por géneros tan dispares como documentales, películas de acción o dramas personales. Para el que escribe estas palabras no son válidos casos donde la imagen sea “contradictoria”, poniendo como ejemplo Orgullo, Prejuicio y Zombis (cuestiones de calidad aparte) como un film que se puede entender como sincrónico si en su banda sonora incluye piezas de género rock, debido a que en términos de imagen también incluye estas asincronías.

 

Cuando hablo de “asincronías temáticas”, me refiero, generalizando, a algo así:

Acompañar un duelo de espadas en un ambiente y coreografía puramente japonesas con una pieza musical del género folklórico español por excelencia es, cuanto menos, atrevido. Es cierto que se dan ciertas similitudes entre el duelo de espadas y la danza, o que el tempo musical acentúa el ritmo y la tensión del combate, pero esta decisión tomada para la banda sonora huye de los cánones establecidos, no sólo en cuestiones temporales, si no en términos de entorno y contexto. Cabe decir que el señor Tarantino juega muy a menudo con este tipo de asincronías, como por ejemplo el uso de Hip Hop en Django Desencadenado, donde quien encaja mejor es un Enio Morricone, también presente.

 

Para la escritura de este artículo, presento tres ejemplos de asincronías temáticas. Cabe decir que son ejemplos a título personal, debatibles para algunos, pero que en opinión del que esto escribe son claros ejemplos de la asincronía previamente citada.

 

The Knick

 

Dentro del panorama televisivo cada vez se está arriesgando más. La televisión “mainstream” se está convirtiendo en una pasarela de buenos ejemplos de cómo se puede arriesgar a diversos niveles técnicos y artísticos. Es tal el atractivo del medio catódico, que reputados directores se han animado a trabajar en televisión, siendo uno de ellos Steven Soderbergh.

 

El director americano llegó a la televisión con un curioso proyecto bajo el brazo: una serie de ficción basada en la medicina de principios del siglo XX. En ella un Clive Owen en estado de gracia se erige como el principal elemento de una turbia historia en una Nueva York oscura y decadente. Para un ambiente “de época”, como el que se presenta, lo normativo hubiera sido presentar una banda sonora de corte clásico, con una marcada presencia de autores de finales del siglo XIX, o alguna banda sonora original imitando un estilo similar.

 

En cambio Soderbergh decidió iniciar su serie con esta escena:

Soderbergh, ejerciendo en esta serie de navaja suiza, realiza las funciones de producción, dirección, fotografía y guion (además todas ellas en tiempo récord), dando un toque muy característico al proyecto. La producción no se basa en un clasicismo estético, siendo ésta registrada con largos planos con cámara sostenida al hombro, un estilo característico de un cine más contemporáneo en términos históricos; para seguir rompiendo moldes, decidió contar con la encomiable colaboración de Cliff Martínez, conocido por haber realizado la banda sonora de Drive (2011).

 

El resultado es rompedor a la par que impresionante. Es bastante chocante para el espectador encontrarse con una serie que, pudiendo haber caído en el clasicismo más retrógrado, opta por intentar innovar allí donde no se espera. Los sintetizadores acompañan al doctor Thackery y compañía a través de sus periplos por la ciudad de Nueva York en carruaje, siendo la música que les acompaña más característica de un paseo en un Ferrari Testarrossa.

 

Paul Thomas Anderson y Jonny Greenwood, Pozos de Ambición y The Master

 

Este ejemplo, aunque menos explícito que el presentado previamente, es un caso en que aquello que se espera musicalmente de una película se acaba volviendo algo rompedor por la sutileza de su asincronía.

 

Jonny Greenwood, componente de la mítica banda Radiohead, y aliado con Paul Thomas Anderson en lo que a bandas sonoras se refiere, se marcó dos obras maestras en forma de bandas sonoras al generar toda una psicología inherente en sus piezas.

 

En el caso de Pozos de Ambición, la cual se podría definir como un drama, a grandes rasgos, sobre un emprendedor petrolero, se obvia la grandilocuencia, o el drama del personaje, por piezas que aluden a sentimientos más primarios como el terror o la motivación. Muestra de ello son piezas como Henry Plainview, que prácticamente funciona como pieza de entrada a una película de género slasher, o Future Markets, donde sus pizzicatos casi traen al oyente reminiscencias de películas clásicas infantiles o slapsticks del cine mudo.

Su siguiente colaboración dio un paso más allá en cuanto a experimentación se refiere. En este film basado en la Iglesia de la Cienciología seguimos a un hombre con la mente hecha pedazos, un Joaquin Phoenix en estado de gracia y perpetua embriaguez, y así nos lo presenta la música. Utilizando instrumentos clásicos como violines o percusión, la música ayuda a crear una textura de locura en lo que podría haber sido un pseudo-biopic rancio en lo musical, con reminiscencias a la tristeza del protagonista por sus adicciones y crisis de fe.

 

Pero Jonny Greenwood y Paul Thomas Anderson no son cualquiera, y piezas como Able Bodied Seamen o Baton Sparks son una buena muestra de ello. La amalgama de sonidos y sensaciones que la banda sonora transmite por sí misma es apabullante, y de hecho recomiendo al lector una escucha de la banda sonora al completo para apreciar todo aquello que ésta intenta hacer sentir al espectador. Terror, tristeza, soledad e incluso alegría en ciertas notas.

Shinichiro Watanabe, Cowboy Bebop y Samurai Champloo

 

Volviendo de nuevo al territorio televisivo, estos dos anime son unos clarísimos ejemplos de cómo se puede jugar con la asincronía sonora de maneras muy diferenciadas, siendo Watanabe un artista de la mezcla a diversos niveles.

 

Cowboy Bebop es una space opera western con toques del cine de acción de Kung Fu. Así, tal cual. No siendo esa mezcolanza suficiente para el autor japonés, decidió optar por una banda sonora invadida por el jazz, el blues y algo de funky. El resultado es brillante, siendo este anime reconocido como uno de los mejores de la historia, y hay que decir que, independientemente de la calidad del anime, las piezas sonoras escogidas son una maravilla por sí mismas. Para muestra un botón, y es su muy reconocible opening, o canción que inicia cada episodio.

Samurai Champloo es otro giro de tuerca a los géneros, ya que es una ficción ambientada en pleno periodo edo japonés, una historia repleta de samuráis que choca por su ambientación y banda sonora urbana, llena de canciones hip hop y graffiti por doquier. Aunque éste no es un ejemplo tan elegante como lo es el anterior, no deja de ser sorprendente que se optara por una ambientación sonora de este calibre para una producción que podría haber sido mucho más clásica.

Con estos ejemplos se abre un debate al respecto: ¿existe tal asincronía sonora en realidad? ¿Es una evidencia más de una posmodernización del cine? En este artículo se citan algunos ejemplos, más o menos debatibles, pero lo que queda muy claro para el que esto escribe es el hecho de que esta ruptura de lo esperado existe, y desde luego puede dar lugar a asociaciones visuales bastante interesantes.