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(Apenas) Una anécdota sobre marxismo y forma

Por Pablo Pesado

El día 14 de febrero de este mismo año se hacía pública la intención por parte de Nintendo de poner a la venta una expansión (DLC, Downloadable Content) de su aún inédito pero inminente Zelda: Breath of the Wild; ese contenido suplementario, bajo el precio de veinte euros, ofrecía, entre otras cosas, un “nuevo modo difícil”. Un tipo de ampliación que, históricamente, no solo ha formado parte siempre del contenido de lo que es un Zelda en tanto que producto, sino, en general, de cualquier videojuego en el que el concepto de modo tenga sentido. El modo difícil es gratuito: exceso con el que se acostumbra premiar al finalizar, habita ese espacio poco definido que es el del don. Si escribo ahora sobre este hecho eminentemente pequeño –si llamo la atención, si pido ojos y oídos– es para hablar también de capitalismo, forma y percepción. Uno podría preguntarse hasta qué punto el subproducto de un producto menor –al menos para la axiología aproximada de la alta cultura– puede reclamar la atención de la letra impresa; intentando ignorar desde el principio ese frente, bastará con decir que la intención de estas pocas líneas no es discurrir ni por la vía del ejemplo ni por la del concepto sino, y eso ya como muchísimo, por la de la anécdota.

 

Hasta qué punto el modo de producción es capaz de condicionar la circulación y la existencia cultural es una pregunta que se responde por partes y apostando fuerte: quiero decir, que así, de golpe, es imposible de responder, e incluso haciéndolo poco a poco impone dificultades. Lukàcs respondió a esto entendiendo de un modo muy personal y probablemente tramposo el concepto de dialéctica: presentándola como la mediación infinita, como un ouroboros, entre inducción y deducción. La referencia no es gratuita, aunque por ahora interesa el problema y no la solución: si bien por un lado falta una verdadera teoría del todo marxista, igualmente falta un enfoque micro cuya solvencia no sea cuestionable. A veces, sin embargo, las dificultades de la filosofía de la historia se solucionan solas: estoy sentado en un sofá que es incómodo, leyendo una revista digital que no es gran cosa, y me encuentro con que la base está condicionando a la superestructura delante de mis propios ojos. Esto no es común, porque como todo el mundo sabe la economía es una señora caprichosa pero absolutamente discreta, educada. Este carácter excepcional es el que justifica que dedique algunas páginas a hablar de una noticia menor. La ampliación de pago se imbrica en una casuística más amplia en la que pueden entrar el tráiler, la demo, la distribución episódica o la secuela, por poner cuatro ejemplos; ejemplos cuatro que surgen en el reino de la estética, y particularmente en el subreino del género, por causas estrictamente económicas. Es quizá un lugar común, por otro lado, repetir cómo el tráiler ha cambiado el cine comercial reciente al poner en marcha toda una evolución condicionada: ha de mostrar justo aquello que merece la pena ser visto sin desvelarlo, pero decir lo suficiente de su resolución como para resultar promisorio; la película, finalmente, habrá de multiplicar sus clímax, esconderlos, hacerlos solo entendibles en el aquí y ahora del visionado global. En resumen, a) un producto visual ha de ser confeccionado teniendo en cuenta que parte de su metraje va a ser desvelado fuera de su unidad estética y b) esto ha producido y sigue todavía produciendo cambios en nuestra percepción y nuestro horizonte de expectativas: vemos estos productos de modos distintos conforme nos adaptamos a sus mutaciones formales.

 

Si traigo a colación este ejemplo reciente es por su capacidad de mostrar un cambio de sensibilidad en el momento en que se produce, en lo sincrónico: cómo una forma, la del modo difícil, está cambiando de función y posición. Es otro lugar común cómo la prolijidad y el éxito de los manuales de guion de corte neoaristotélico ha condicionado la estructura del cine comercial americano; en estos se aconseja vivamente la inclusión de un anticlímax. Nadie sería capaz, vienen a decir, de entender que la película acabe cuando el héroe gana la pelea; necesitamos, quizá cognitivamente necesitamos, ver al héroe hacer cosas menores, reunirse con las personas que le dan sentido, volver a la paz que él mismo ha restablecido. No hay nada más conservador en materia formal que estos panfletos para jóvenes guionistas, que han acabado por dar carta de naturaleza a un tipo concreto de anticlímax y hacer pasar por un momento narrativo natural lo que no es más que, a lo sumo, un rasgo de género (vinculado a una duración estricta a menudo racionalizada en número de páginas y tiempo de metraje, aproximados pero biunívocos): esto es, simple y llanamente, ideología.

No estamos muy lejos al hablar de la supresión y posterior monetización del modo difícil: comparte con el anterior su carácter epilogal y su función excesiva, siempre tensa entre no ser necesaria pero no ser contingente. El caso que nos ocupa es, de hecho, paradigmático: siendo el modo difícil algo que es gratuito, que rompe con la lógica del contrato de compraventa (un juego, un precio) para introducir un elemento de cortesía que va más allá de la mercancía para poner en relación trabajador y consumidor, es un lugar que podríamos llamar, siempre provisionalmente, de discurso débil: un lugar discursivo cuya polaridad cambia fácilmente. Dicho de otro modo, esos elementos gratuitos, que siempre fueron nuestros, dejan de serlo con una resistencia, a lo sumo, blanda. Por marca deja un recuerdo, pero un recuerdo que uno no puede reclamar en nombre de la ética: al fin y al cabo, era un regalo. La versión de prueba de Amazon o Netflix con la que estafan a los padres es otra de sus fórmulas, pues adopta la forma del contrato entre pares (igualmente direccional y, por tanto, ideológico, pues su capacidad de negociación es lo continuo, el establecimiento de condiciones, y la nuestra lo discreto, el sí o no).

 

A día de hoy es imposible concebir un libro despojado de su final por el que debamos pagar un plus. No se contempla en el repertorio ideológico. Todo llegará, como el Señor, pero es inútil imaginar esa distopía de ebooks a cachos. A mí me importa más bien poco en qué cambie el capitalismo nuestras formas, al menos desde el punto de vista estético; solo quiero constatar que ya hay una guerra en juego y todo lo cultural (aunque no simultáneamente) es su tablero. En éste se diferencia entre los que pueden y los que no, los dueños del defecto (jamás serán dueños del todo) y los dueños del exceso. Quizá convenga decir que los primeros jamás serán dueños del todo, pero los segundos, al entrar en la lógica de la posesión como desbordamiento de la posesión (poseer algo verdaderamente sería, así, poseerlo demasiado) solo contribuyen a borrar las fronteras entre lo que se tiene y lo que no se tiene. Es decir, son cortoplacistas, aunque esto no es ya culpa suya. De momento, por supuesto, es solo una preocupación de pequeñoburgueses. Sería así, a lo sumo, el más nimio de los lugares nimios de la lucha de clases.

 

Los cambios en el dentro y el afuera del producto cerrado tardan, por lo que extraemos a partir la poquedad de nuestra existencia histórica, siglos en tener lugar; la velocidad con la que ocurren delante de nuestras narices, única razón de que nuestro sismógrafo los detecte, responde, creo, a las mismas causas que la velocidad a que se producen todos los cambios que nos rodean. Evidentemente –evidentemente– son incomparables; respecto a la importancia de los primeros, puede decidir cada uno, y de ser el consenso positivo, quizá empiece a ser hora de hablar, quizá con cierta humildad, de un ecologismo estético literal frente a una visión ingenua que mantiene que los debates están entre si alta cultura vs. baja cultura o más bien no: esa oposición existe, pero tiene el inconveniente de no explicar nada que no sea ella misma. De momento poco más puedo decir, como un amigo con buenas intenciones al que no se le da bien dar consejos: hay que desconfiar de lo gratis mientras se pueda porque en el mundo o todo es gratis o nada lo es. Y está bien recordarle a quien retome la cuestión de la justicia desde la perspectiva del don: nada podemos dar, porque todo es ya nuestro. El olvido de esta cláusula, que es un olvido que se hace por parroquias, puede no ser tan nimio como supongamos ahora.