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Cuestiones de clase y edad

Por Daniel Valdivia

La prensa cinematográfica española ha dedicado algunos de sus últimos números a ensalzar la nueva hornada de cine catalán. Un cine que piensa sobre todo en femenino y que tiene sus fábricas principales en universidades como la Pompeu Fabra o la ESCAC. Algunas de las primeras espadas de esta generación son Carla Simón (Estiu 1993), Elena Martín (Julia Ist), Laura Ferrés (Los desheredados) o Nely Reguera (María (y los demás)). Todas ellas tienen en común ser directoras noveles y que sus películas giran entorno a historias personales: su propia infancia (Simón), su propio Erasmus (Martín), el oficio de su padre (Ferrés) o la crisis de los 30 (Reguera). Podemos considerar un ejercicio de honestidad iniciarse en el cine desde aquello cercano, pero ¿no se corre así el peligro de caer en la individualidad?, ¿qué ha pasado con lo colectivo?, ¿no sucede nada importante más allá de nuestra zona de confort?

 

En su entrevista con Philipp Engel para Fotogramas, Elena Martín destacaba que “somos una generación muy introspectiva. No hemos tenido -hablo de nuestro círculo de clase media-alta- muchos conflictos externos.” Elena, de forma muy autoconsciente, incluye  el concepto de clase para entender y explicar su cine. ¿Puede esta ausencia de historias sobre lo colectivo obedecer a un problema de clase? Recientemente, el Govern de Catalunya ha rechazado aplicar un sistema de cuotas para incrementar la presencia de la mujer en el cine. Nadie puede cuestionar que la propuesta, llevada a cabo por CIMA Catalunya, es del todo necesaria; igualar la presencia femenina y los salarios son algunas problemáticas a las que hay que poner solución cuanto antes. Esta es una injusticia histórica a la que por fin se está empezando a prestar atención, aunque el Govern no lo quiera ver. Sin embargo, pienso que hay otra injusticia histórica a la que ni el Govern ni todos los agentes culturales implicados prestan la más mínima atención. En el cine catalán existe un grave problema de clase. Tras un análisis superficial, parece evidente que el acceso al cine pertenece y seguirá perteneciendo a unas élites que cierran las puertas al resto; ¿no es tan importante el sistema de cuotas como darle oportunidades a cineastas que pertenezcan a otros niveles del estrato social? Sólo de esta forma podemos llegar a conseguir una cinematografía diversa y variada en lenguajes e historias.

 

Pensando en un cine reciente surgido desde lo colectivo, he tomado como referencia la temática de los refugiados, seguramente el mayor problema que afrontamos actualmente. Radiografiando el cine reciente he encontrado algunas películas, todas europeas, que centran su razón de ser en el problema de los refugiados. Evidentemente, se me escaparan muchas otras, pero estás son paradigmáticas de la cuestión por su carácter académico o comercial:

 

  • The other side of hope (Aki Kaurismäki, 60 años)
  • Happy end (Michael Haneke, 75 años)
  • Image et parole (Jean-Luc Godard, 86 años)
  • Fuocoammare (Gianfranco Rosi, 53 años)
  • Havarie (Philip Scheffner, 51 años)

 

Destaco la edad de sus directores porque resulta una evidencia que para hacer películas de carácter social o crítico es necesario ser mayor de 50 años y varón. Quizás debamos leer esta lista, triste a mi parecer, de forma alentadora y aleccionadora para nosotros, la juventud.

 

Esta nueva generación de cineastas millenials tiende a tomar como referentes a otras creadoras como Mia Hansen-Løve (36 años) o Lena Dunham (31 años), excelentes en aquello que proponen. Pero maldito el momento en el cual abandonamos el espejo de cineastas como Abbas Kiarostami o Jafar Panahi; este último de 57 años y que, pese a la prohibición de filmar, sigue resistiendo y entendiendo el cine como una herramienta de análisis social y cambio colectivo. Y sin olvidar a Ken Loach, de 81 años. De acuerdo que sus formas no son las más modernas del cine actual, pero dentro del cine comercial hay un gran vacío de cine humanista, sobre todo en occidente. Y un Ken Loach octogenario es de los pocos cineastas europeos dispuesto a llenar ese vacío. No debemos caer en ningún momento en culpar a esta nueva generación de cineastas por no hacer cine de carácter social. Es muy positivo que se genere industria y exista una base sólida de cineastas, pero, ¿no sería más positivo para todos, la coexistencia de los dos modelos de cine en este país?